Salud y Nutrición
Hidratación en maratón: pautas, cantidades y errores clave
Cuánto beber, cómo repartirlo y qué fallos conviene evitar antes, durante y después del 42K.

La hidratación en maratón no se decide el día de la carrera, sino en las semanas previas, cuando el cuerpo aprende a tolerar ritmos, calor y avituallamientos sin perder estabilidad. En los 42 kilómetros, cada sorbo cuenta porque el sudor, la respiración y el esfuerzo sostenido vacían poco a poco el depósito interno de agua y sales, y ese desgaste termina notándose en las piernas, en la cabeza y en la capacidad de mantener el ritmo.
La clave no está en beber por ansiedad ni en confiar en la sed como si fuera un reloj preciso. La sed aparece tarde, cuando ya hay un cierto grado de deshidratación, y durante un esfuerzo largo además puede quedar amortiguada por el propio ejercicio. Por eso, una estrategia útil combina volumen, frecuencia y composición de lo que se ingiere, con especial atención al sodio y a los carbohidratos.
Lo que ocurre dentro del cuerpo en 42 kilómetros
En una maratón, el organismo trabaja como una fábrica que no se puede parar. El músculo consume energía a gran velocidad, la temperatura corporal sube y el sudor se convierte en el principal sistema de refrigeración. Ese sudor, sin embargo, no sale gratis: arrastra agua y electrolitos, sobre todo sodio, una pieza esencial para mantener el equilibrio de líquidos y el funcionamiento neuromuscular.
Cuando la pérdida de líquidos progresa, la sangre se vuelve relativamente más concentrada, la percepción del esfuerzo aumenta y la termorregulación se complica. El resultado puede ir desde una bajada de rendimiento hasta síntomas más serios como mareo, calambres, confusión o, en casos extremos, una hiponatremia, que aparece cuando el sodio en sangre cae demasiado por exceso de agua y poca reposición de sales.
El problema no es solo cuánto se pierde, sino también cómo se combina con la duración de la prueba. Un corredor que suda mucho en una mañana húmeda no afronta el mismo escenario que otro que compite con aire fresco y ritmo más conservador. La sudoración puede variar de forma notable entre personas, y también cambia según el peso, la aclimatación al calor, la intensidad y el material de la ropa.
Por eso, las recomendaciones serias no se apoyan en fórmulas rígidas aplicadas a todos por igual. La mejor referencia es la respuesta del propio cuerpo, con datos sencillos como el peso antes y después de los entrenamientos largos, la cantidad ingerida y la tolerancia digestiva. Esa información, bien interpretada, vale más que cualquier regla universal repetida sin matices.
Cuánto beber antes de tomar la salida
La preparación empieza antes del pistoletazo. Llegar a la salida bien hidratado permite que el corazón trabaje con menor estrés y que el calor se gestione con más margen. La referencia habitual en medicina deportiva sitúa la ingesta previa en torno a 5 a 7 mililitros por kilo de peso, unas dos o tres horas antes del esfuerzo. En una persona de 70 kilos, eso equivale aproximadamente a 350-490 mililitros.
Si la orina sigue concentrada o la mañana es especialmente calurosa, puede añadirse una pequeña toma adicional más cerca de la salida, sin convertirla en una comida líquida de última hora. Beber demasiado poco deja al corredor corto de margen; beber en exceso, justo antes de correr, puede provocar pesadez, ganas de ir al baño y una sensación de estómago lleno que estropea los primeros kilómetros.
La composición importa tanto como el volumen. Una bebida con sodio ayuda a retener parte del líquido y a llegar con mejor equilibrio de sales que el agua sola. Esto es especialmente útil si la salida se produce con calor, si el corredor viene de una cena más baja en sal o si la carrera se prevé larga y exigente desde el primer tramo.
En esa ventana previa también conviene observar cómo responde el estómago. Los 42 kilómetros castigan cualquier improvisación, y una bebida nueva, más dulce de la cuenta o con una textura poco conocida puede convertirse en un obstáculo silencioso. La tolerancia digestiva es un dato de rendimiento, no un detalle menor.
Qué debe pasar durante la carrera
Durante la prueba, la lógica cambia por completo. Ya no se trata de llegar bien hidratado, sino de perder lo menos posible y de reponer a tiempo para que el gasto no se dispare. En maratón, una pauta razonable suele moverse alrededor de 400 a 800 mililitros por hora, aunque el rango real depende del clima, la velocidad y del sudor de cada corredor.
La mejor estrategia suele ser fraccionar. Tomar pequeños volúmenes de forma regular suele funcionar mejor que beber mucho de golpe en un solo avituallamiento. El estómago vacía con más facilidad una ingesta repartida, el intestino absorbe mejor y se reducen las molestias que aparecen cuando el líquido se acumula de manera brusca.
También importa el tipo de bebida. En esfuerzos de larga duración, una bebida isotónica con sodio y cierta carga de carbohidratos puede facilitar el mantenimiento de la energía y la reposición hídrica a la vez. No hace falta que sea muy concentrada; de hecho, las bebidas demasiado densas pueden enlentecer el vaciado gástrico y dar la sensación de tener un bloque en el abdomen.
El calor altera las reglas del juego. En días templados, algunos corredores toleran mejor el agua; en días duros, el cuerpo agradece una reposición más estructurada. A mayor sudoración, mayor interés por reponer sales, porque el problema ya no es solo el agua perdida, sino el equilibrio completo del medio interno. El sodio manda más de lo que parece, y en maratón suele marcar la diferencia entre una hidratación eficiente y una simple sucesión de vasos.
Lo que suele funcionar en carrera
Un esquema útil, sin convertirlo en dogma, es aprovechar cada avituallamiento para dar al cuerpo pequeñas cantidades constantes. En corredores que completan la prueba entre 2 horas 45 minutos y 4 horas 30 minutos, las tomas suelen alternar agua y bebida deportiva, ajustando la proporción según el ritmo, el calor y la tolerancia personal. Lo relevante no es copiar un patrón ajeno, sino sostener una rutina estable.
Cuando el esfuerzo se alarga, también se vuelve útil asociar la hidratación con la energía. Un maratón no se corre solo con agua: a partir de cierto momento, el glucógeno baja y el cerebro empieza a economizar. Carbohidratos y líquidos deben convivir sin pelearse en el estómago, por eso las bebidas con hidratos, los geles y algunas barritas blandas se integran en planes serios de competición.
El corredor que afronta la carrera con buen depósito de glucógeno y una pauta de ingesta ya ensayada suele tener menos altibajos. El líquido acompaña al combustible, no lo sustituye. Esa es una de las razones por las que los entrenamientos largos son también un laboratorio para probar bidones, geles, sabores y cantidades. Nada debería estrenarse en el kilómetro 30 si puede probarse antes.
El sodio, ese detalle que decide más de lo que parece
El agua repone volumen, pero no corrige del todo las pérdidas minerales. El sodio es el electrolito más relevante en este contexto porque ayuda a conservar el equilibrio de líquidos y a evitar que la rehidratación sea incompleta o excesivamente diluida. En corredores que sudan mucho, ignorarlo es como llenar un depósito con una fuga abierta.
La concentración exacta depende de cada caso, pero en bebidas deportivas suele moverse en cifras moderadas, pensadas para facilitar la absorción y recuperar parte de lo perdido. No se trata de convertir cada botella en una sopa salada, sino de lograr una proporción funcional. El sabor, de hecho, suele ser una pista: cuando una bebida resulta demasiado dulce o empalagosa, muchas veces se está alejando de la tolerancia que exige una prueba larga.
Las cápsulas de sales, populares entre corredores de larga distancia, no son una solución universal. Pueden ser útiles en contextos de calor o sudor muy alto, pero no reemplazan una estrategia completa y pueden dar problemas digestivos si se toman sin agua suficiente o si el corredor ya está bebiendo en exceso. La combinación importa más que el suplemento aislado.
En una maratón, la obsesión por las sales puede ser tan contraproducente como olvidarlas por completo. El equilibrio correcto suele estar en un punto intermedio: suficiente sodio para sostener la reposición, suficiente agua para permitirla y suficiente experiencia previa para saber cómo responde el cuerpo en movimiento.
Cuándo el agua sola se queda corta
El agua pura puede servir en un entorno fresco y para un corredor con bajo sudor, pero en maratón muchas veces se queda corta porque no repone lo que realmente se pierde. El sudor no es agua destilada; lleva minerales y, según el caso, una cantidad significativa de sodio. Reponer solo líquido puede aliviar la sensación de sequedad, pero no restituir bien el medio interno.
Además, el agua por sí sola no aporta energía. Y en una prueba de varias horas, el problema no es solo llegar entero al kilómetro 30, sino también sostener el cerebro y el músculo hasta meta. La hidratación eficaz en maratón suele ser también una estrategia energética. El cuerpo agradece soluciones que unan ambas cosas con moderación y sin excesos.
Esto explica por qué tantas planificaciones combinan agua, bebida isotónica y, más adelante, geles o comidas de carrera. La ventaja no es la sofisticación, sino la continuidad. Una pauta simple, ensayada en los rodajes largos, suele rendir mejor que un plan cargado de productos que el corredor apenas conoce. El estómago, en carrera, no concede segundas oportunidades con facilidad.
También conviene recordar que el exceso de agua puede ser un error serio. Beber por obligación constante, sin tener en cuenta el sudor real, puede favorecer una dilución innecesaria del sodio sanguíneo. En maratón, más no siempre es mejor; a veces, beber con criterio protege más que beber en exceso.
El papel de los carbohidratos dentro de la hidratación
En la larga distancia, el líquido no viaja solo. Las bebidas con carbohidratos ayudan a sostener la energía y pueden retrasar la fatiga cuando el esfuerzo se prolonga más allá de la primera hora. La concentración adecuada depende de la tolerancia individual, pero una bebida demasiado cargada puede resultar pesada, mientras que una demasiado ligera aporta poco combustible.
La lógica fisiológica es sencilla: a medida que baja el glucógeno, el ritmo se vuelve más caro. El corredor se siente como si empujara una puerta cada vez más pesada. Reponer carbohidratos durante la prueba no sustituye el entrenamiento, pero suaviza esa caída y da aire al músculo y al sistema nervioso.
Los geles, las bebidas energéticas y algunas barritas blandas encajan aquí porque permiten sumar energía sin masticaciones largas ni digestiones complejas. En cambio, los alimentos más sólidos pueden servir en corredores lentos o en perfiles muy acostumbrados, pero en la mayoría de los maratonianos la sencillez gana. Cuanto menos trabajo extra tenga que hacer el aparato digestivo, mejor.
Un buen plan suele repartir las tomas para que el líquido y la energía lleguen en capas, no en bloque. Esa cadencia ayuda a evitar picos y a mantener la sensación de control. En una carrera larga, los detalles discretos pesan más que los grandes gestos.
Después de cruzar la meta, el trabajo sigue
Terminar no significa haber recuperado. Durante las horas posteriores, el cuerpo sigue corrigiendo pérdidas de agua, sodio y energía, y esa fase tiene mucha más importancia de la que suele parecer desde fuera. La rehidratación postmaratón debe buscar no solo que vuelva la sed normal, sino que la recuperación sea real y completa.
Una referencia práctica y muy utilizada es reponer alrededor de 1,5 litros por cada kilo perdido en la báscula, una cifra que cubre también las pérdidas que continúan después de la meta. Para ello, el peso antes y después de la carrera ofrece una pista muy útil, siempre que se mida en condiciones parecidas y sin ropa empapada engañando la balanza. El dato no es perfecto, pero orienta con bastante claridad.
En esa ventana, el sodio vuelve a ser importante porque facilita retener el líquido ingerido. Beber grandes cantidades de agua sin sales puede hacer que parte de la reposición se pierda por la orina antes de tiempo. La recuperación eficaz suele ser gradual, no una avalancha inmediata. El cuerpo no se rellena como un cubo; se reordena como una ciudad tras una tormenta.
También hay que sumar carbohidratos y algo de comida fácil de digerir. La prioridad es reparar glucógeno, rehidratar y no irritar el estómago, que después del esfuerzo suele mostrarse más delicado. Quien convierte la comida postmeta en una celebración excesiva corre el riesgo de alargar la resaca fisiológica más de lo necesario.
Errores que siguen repitiéndose en la salida y en carrera
El más habitual es salir con la idea de que la sed será suficiente guía. No lo es. Otro error frecuente consiste en llegar a la prueba sin haber probado lo que luego se pretende usar, ya sea una bebida nueva, un gel demasiado concentrado o unas sales que en entrenamiento parecían inocuas y en carrera se convierten en una molestia.
También se repite mucho la costumbre de beber solo cuando aparece un avituallamiento, como si los puestos marcaran la única oportunidad de hidratación. La planificación debe adaptarse al reloj del corredor, no al cartel de la organización. En carreras con muchos puestos, eso puede funcionar mejor; en otras, la densidad de avituallamientos obliga a pensar cada tramo con más precisión.
Otro fallo es pasar de agua a bebida energética sin transición, o mezclar demasiados productos distintos en un corto espacio de tiempo. El resultado puede ser una digestión lenta, náuseas o esa sensación de rebote en el abdomen que arruina la zancada. La maratón tolera pocas improvisaciones y castiga enseguida los experimentos sin ensayo.
Y hay un último error, quizá el más silencioso: esperar a que aparezca el bajón para reaccionar. La hidratación preventiva funciona precisamente porque actúa antes del problema. Cuando el corredor ya nota la boca seca, la cabeza nublada o una caída brusca de energía, parte del daño ya está hecho.
Lo que cambia según el clima, el ritmo y el perfil del corredor
No existe una pauta cerrada válida para todo el mundo porque el maratón es una prueba de variables. El calor aumenta las pérdidas, la humedad dificulta la evaporación del sudor y el ritmo alto eleva la demanda de combustible y líquido. Un corredor de 3 horas no necesita exactamente lo mismo que otro que pasa de 4 horas y media; tampoco uno que suda a chorros y otro que apenas empapa la camiseta.
Los corredores más pesados suelen tener un gasto mayor, pero también pueden tolerar mejor ciertas reservas. Los más ligeros, por el contrario, a veces sufren más con los excesos de líquido si beben demasiado en relación con su ritmo de sudor. La personalización no es un lujo; es la única forma sensata de acercarse a la precisión.
En maratones urbanas con mucho público y avituallamientos frecuentes, la logística ayuda. Pero la multitud también puede distraer, cortar el gesto de beber o provocar que el corredor tome medio vaso con prisas. En ese contexto, entrenar el gesto importa: agarrar, beber, soltar y seguir sin perder demasiados segundos ni desordenar el paso.
La experiencia del corredor pesa aquí casi tanto como la fisiología. Quien ha probado su estrategia en tiradas largas entra en la carrera con una especie de mapa interno. Sabe cuándo apretar, cuándo aflojar y cuándo un sorbo basta. Esa familiaridad vale oro cuando las piernas ya van justas.
Una maratón se gana también en la botella
La hidratación en maratón resume bien la lógica de las pruebas largas: no basta con correr mucho, hay que llegar con el organismo preparado para sostener el esfuerzo sin vaciarse por dentro. Beber antes, durante y después no es un gesto accesorio, sino parte del rendimiento, igual que los ritmos, el descanso o la alimentación previa.
La fórmula más sólida combina agua en la cantidad justa, sodio suficiente para reponer pérdidas, carbohidratos para sostener la energía y una estrategia ensayada con antelación. Nada de héroes improvisados ni de soluciones extremas. En 42 kilómetros, el cuerpo premia la constancia y castiga los excesos, casi siempre con la misma frialdad matemática.
Por eso, la mejor hidratación no es la que parece más vistosa, sino la que deja al corredor seguir avanzando con el pulso bajo control, la boca sin sequedad extrema y la cabeza despejada hasta la meta. En el fondo, la maratón es una conversación larga entre esfuerzo y equilibrio, y el agua, bien acompañada, tiene mucho que decir en esa negociación.
Fuente médica de referencia: Equilibrio hidroelectrolítico, MedlinePlus (Biblioteca Nacional de Medicina de EE. UU.).
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