Síguenos

Salud y Nutrición

Flato al correr: por qué aparece y cómo frenarlo

Claves para entender el dolor de costado al correr, prevenirlo y aliviarlo cuando aparece sin romper el ritmo.

Publicado

el

Corredor sujetándose el costado mientras corre, imagen útil para explicar como evitar el flato al correr​

Imagen: Ketut Subiyanto / Pexels

El dolor punzante en el costado puede arruinar una salida suave o una tirada larga en cuestión de segundos. Aparece sin demasiada lógica aparente, obliga a bajar el ritmo y, en algunos casos, a detenerse por completo. Aunque es una molestia muy común entre corredores, no forma parte normal del esfuerzo y conviene entenderla bien para reducir su frecuencia.

La buena noticia es que suele tener relación con hábitos modificables: cómo respiras, cuánto comes antes de entrenar, a qué ritmo sales y si tu tronco está preparado para sostener el impacto repetido. No existe un remedio universal, pero sí una combinación de medidas que, aplicadas con constancia, disminuyen mucho las posibilidades de que ese pinchazo lateral aparezca justo cuando más cómodo ibas.

Qué hay detrás de ese pinchazo tan incómodo

El flato es una molestia aguda y transitoria que suele sentirse en un lado del abdomen, muchas veces bajo las costillas, aunque también puede irradiar hacia la zona alta del vientre o incluso el hombro. En medicina se relaciona con el dolor abdominal transitorio, una denominación que ya sugiere su carácter breve, cambiante y difícil de predecir. No es una lesión en sí misma, pero sí una señal de que algo en la combinación entre respiración, esfuerzo y digestión no está funcionando con comodidad.

Durante años se han propuesto distintas explicaciones. Una de las más aceptadas apunta al diafragma, el gran músculo que separa el tórax del abdomen y participa en la respiración. Cuando el esfuerzo sube, la respiración se vuelve más rápida y superficial, y ese músculo puede fatigarse o irritarse. Otra hipótesis habla de la tensión en los ligamentos y estructuras que sostienen los órganos internos, sometidos al rebote constante de la zancada. En la práctica, el corredor percibe un aviso simple y claro: algo pincha, molesta y pide bajar una marcha.

Conviene entenderlo sin dramatismo, pero tampoco con ligereza. El flato no suele esconder un problema grave, aunque sí puede estar favorecido por una técnica de carrera pobre, una preparación insuficiente o una comida mal situada en el tiempo. Esa mezcla explica por qué a veces aparece en un rodaje fácil y otras no asoma ni en esfuerzos duros. El cuerpo, al final, responde como una orquesta: si una sección entra fuera de tiempo, el conjunto se resiente.

una orquesta: si una sección entra fuera de tiempo, el conjunto se resiente.

Por qué aparece más en unos momentos que en otros

La respiración rápida y poco profunda es uno de los detonantes más habituales. Cuando el corredor entra en deuda de aire demasiado pronto, el diafragma trabaja con menos eficiencia y el abdomen se mueve con más tensión. En personas que empiezan a correr, este patrón es especialmente frecuente porque el cuerpo todavía no ha aprendido a repartir bien el esfuerzo. Se sale demasiado fuerte, se acorta la inspiración y el costado acaba reclamando la atención.

La comida es otro factor decisivo. Correr poco después de comer aumenta el riesgo, sobre todo si la ingesta ha sido abundante, rica en grasa o muy fibrosa. El estómago sigue ocupado, el aparato digestivo necesita sangre y el impacto repetido del trote complica la convivencia entre digestión y ejercicio. No hace falta una norma rígida para todos, pero sí una referencia útil: dejar pasar entre 90 y 120 minutos tras una comida ligera suele ser una base sensata, mientras que una comida copiosa puede requerir bastante más margen.

También influye la forma de entrar en calor. Un cuerpo que pasa del reposo al esfuerzo con brusquedad se comporta como un motor arrancado en frío. El calentamiento prepara la respiración, la musculatura del tronco y la circulación, y eso reduce el sobresalto inicial. Algo parecido ocurre con el ritmo de salida: los primeros minutos demasiado alegres son terreno fértil para el pinchazo lateral, sobre todo si se combina con nervios, mala postura o hidratación irregular.

Hábitos que reducen mucho el riesgo antes de salir

La prevención empieza varias horas antes del entrenamiento, no en el momento en que el primer pinchazo aparece. Un corredor que ha dormido mal, ha comido de forma irregular o ha llegado a la sesión con tensión acumulada tiene más papeletas para notar molestias. Por eso ayuda tanto organizar la sesión con una lógica sencilla: comer con tiempo, hidratarse durante el día y no convertir el inicio de carrera en un sprint encubierto.

En la práctica, lo más útil es elegir una comida previa fácil de digerir, con poca grasa y sin excesos de fibra, especialmente si la salida será intensa o larga. El estómago agradece la prudencia. No hace falta vaciar el plato, pero sí evitar combinaciones pesadas, muy condimentadas o voluminosas. Si el entrenamiento cae por la tarde, también cuenta el reparto del día: comer de forma ordenada, sin grandes atracones ni periodos prolongados de ayuno, suele dar mejores resultados que improvisar.

La hidratación merece una mención aparte. Beber poco durante el día puede empeorar la percepción de esfuerzo y hacer que la respiración se desordene antes de tiempo. Beber en exceso justo antes de correr tampoco ayuda, porque añade peso y puede provocar sensación de saciedad o rebote interno. El punto medio suele funcionar mejor: agua repartida a lo largo de la jornada y un margen prudente antes de ponerse en marcha.

Hay otro detalle que a menudo se subestima: la postura. Un tronco colapsado, hombros altos y abdomen rígido favorecen la tensión. Correr erguido, con el pecho abierto y una ligera activación de la zona media, no elimina el riesgo por sí solo, pero sí mejora la mecánica global. El cuerpo se mueve con menos fricción, como una puerta bien engrasada que ya no chirría al abrirse.

La respiración como herramienta real, no como adorno técnico

Respirar bien no significa respirar deprisa, sino hacerlo con profundidad y continuidad. Muchos corredores confunden la hiperventilación con la eficiencia y terminan entrando en un bucle de jadeo corto que castiga el diafragma. La clave está en buscar un patrón más amplio, con inspiración y espiración completas, sin forzar ni contener el aire. Cuando la respiración se vuelve ordenada, el cuerpo tolera mejor el impacto.

En ritmos suaves, un patrón natural y relajado suele ser suficiente. En esfuerzos más exigentes, conviene evitar que la respiración quede atrapada arriba, en la parte alta del pecho. El aire debe llenar de forma cómoda, no violenta. Algunos corredores encuentran útil coordinar la respiración con la zancada para estabilizar el gesto, aunque no existe un modelo único que sirva para todos. Lo importante es que el pecho no se quede bloqueado y que la exhalación no sea superficial.

Entrenar la respiración también implica aprender a reconocer cuándo el cuerpo está pidiendo ajuste. Hay días en los que el problema no nace en el abdomen sino en el exceso de intensidad. Si el ritmo elegido obliga a jadear en el primer kilómetro, el margen para el flato se estrecha. La respiración es un espejo bastante fiel de la carga real; si se descompone pronto, quizá el ritmo esté por encima de lo razonable para ese momento.

El papel del tronco y de la fuerza en la prevención

Un core más fuerte suele traducirse en una zancada más estable. No se trata de buscar abdominales marcados, sino de construir una zona media capaz de sostener el tronco cuando la carrera multiplica el rebote. Ese control reduce la vibración interna y mejora la transferencia de fuerzas entre piernas y torso. En otras palabras, el cuerpo se desordena menos.

El trabajo de fuerza no elimina el flato por arte de magia, pero sí puede rebajar la frecuencia con la que aparece. Una musculatura abdominal y lumbar más funcional ayuda a sostener la postura, a respirar con menos tensión y a soportar mejor los cambios de ritmo. También conviene prestar atención a la movilidad del tronco y la cadera, porque una carrera rígida acaba exigiendo demasiado a una sola zona.

La técnica de carrera influye más de lo que parece. Un corredor que rebota en exceso, que alarga demasiado la zancada o que golpea el suelo con dureza aumenta el castigo sobre el abdomen y el diafragma. No hace falta una revisión biomecánica compleja para notar mejoras: a veces basta con acortar levemente la zancada, subir la cadencia y relajar los hombros. Son cambios pequeños, pero el cuerpo los nota como quien baja el volumen de una radio demasiado estridente.

Qué hacer si aparece en mitad del entrenamiento

Lo primero es no entrar en pánico. El flato suele ser molesto, sí, pero en la mayor parte de los casos cede si se actúa con calma. Seguir corriendo a la misma intensidad rara vez ayuda; lo sensato es bajar el ritmo, caminar unos metros si hace falta y dejar que la respiración recupere orden. Forzar el paso solo consigue que el pinchazo se mantenga o aumente.

También puede aliviar presionar con suavidad la zona afectada mientras se exhala de forma lenta. La exhalación prolongada ayuda a desactivar la tensión y, combinada con una leve inclinación del tronco hacia delante, suele ofrecer cierto alivio. No hay que doblarse de forma brusca ni hacer gestos exagerados; basta con buscar una posición en la que el abdomen deje de trabajar en defensa permanente.

Cuando la molestia afloja, volver a correr debe hacerse de manera gradual. Si se reanuda la marcha a lo loco, el problema puede regresar en pocos minutos. Caminar unos instantes y retomar el trote de forma progresiva suele ser más eficaz que intentar ignorar la señal. El cuerpo no siempre pide parar; muchas veces solo pide que lo escuchen sin aspavientos.

Por qué algunos corredores lo sufren más que otros

No todas las personas tienen la misma predisposición al dolor de costado. Influyen la experiencia, la tolerancia al esfuerzo, la mecánica de carrera y la forma de respirar. Un corredor veterano suele reconocer antes las señales de alarma y ajustar el ritmo con más inteligencia. Quien empieza, en cambio, puede interpretar el esfuerzo como una invitación a apretar y termina entrando en una zona de riesgo mayor.

También hay diferencias anatómicas. La curvatura dorsal, la movilidad del tronco o la manera de distribuir la tensión en la musculatura del abdomen pueden modificar la probabilidad de sufrirlo. La estructura corporal no condena a nadie, pero sí puede hacer que unas personas sean más sensibles que otras. Por eso dos corredores que hacen la misma sesión no siempre obtienen el mismo resultado.

El contexto importa tanto como la anatomía. Dormir poco, correr tras una jornada muy sedentaria, salir con estrés o entrenar con calor puede alterar la respiración y favorecer la aparición de molestias. El flato suele ser una suma de pequeñas desventajas, no una sola causa aislada. Entenderlo así evita buscar culpables únicos donde lo que hay es una cadena de factores.

Cuándo conviene prestar más atención

No todo dolor lateral durante la carrera es automáticamente flato. Si la molestia es intensa, persistente, se acompaña de fiebre, vómitos, dificultad respiratoria o aparece también en reposo, conviene no atribuirlo a la práctica deportiva sin más. En esos casos ya no hablamos de la típica punzada pasajera asociada al esfuerzo, sino de un cuadro que merece valoración médica.

También merece prudencia la repetición muy frecuente sin un patrón claro. Si el dolor aparece siempre en condiciones parecidas, quizá el problema esté en la alimentación previa, en la respiración o en un exceso de intensidad sistemático. El entrenamiento no debería dejar siempre una factura en el costado. Cuando el cuerpo repite la misma queja, suele estar señalando una rutina mal ajustada.

La observación manda más que la teoría. Anotar en qué momento aparece, qué se había comido, a qué ritmo se corría y si hubo nervios, calor o fatiga puede revelar patrones bastante útiles. No hace falta un cuaderno clínico, pero sí cierta memoria de corredor. Los detalles pequeños suelen explicar mejor el problema que las explicaciones grandilocuentes.

Una molestia común que se entiende mejor cuando se mira el conjunto

El dolor de costado al correr no es un enemigo misterioso, sino una reacción frecuente del cuerpo ante una combinación de esfuerzo, digestión, respiración y mecánica de carrera. Cuando se reduce esa mezcla a un solo factor, se pierden matices valiosos. Cuando se observa el cuadro completo, en cambio, aparecen soluciones realistas: salir con más calma, comer mejor antes de entrenar, respirar con profundidad y fortalecer la zona media.

La ventaja de este enfoque es que no promete milagros. Ofrece algo más sólido: hábitos que de verdad cambian la experiencia de correr. A veces el resultado no será una ausencia total de molestias, pero sí una notable disminución de su frecuencia e intensidad. Y eso, para quien sale a correr varias veces por semana, marca una diferencia enorme entre pelearse con cada kilómetro o dejar que la zancada fluya con naturalidad.

Al final, correr bien no consiste solo en ir más rápido. También significa saber cuándo el cuerpo se está crispando, reconocer el momento en que la respiración se rompe y aprender a responder con criterio. Escuchar ese pinchazo a tiempo es parte del oficio del corredor, igual que calzarse las zapatillas o elegir el recorrido. El cuerpo habla; entenderlo es, muchas veces, la mejor forma de seguir sumando kilómetros.

También te puede interesar: Porque tengo flato sin hacer ejercicio: causas y señales.

Gracias por visitar Running Valencia. Si te ha gustado este artículo compártelo y así la historia llegará un poco más lejos. ¡Nos vemos en el asfalto!

Lo más leído