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Carreras

Camovi: carrera de montaña en los Montes de Viveiro

Montaña, historia y vistas al Cantábrico se mezclan en una de las pruebas más singulares del trail gallego.

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Corredores participando en la Camovi - Carrera de Montañana Montes de Viveiro, con impresionantes vistas al mar de fondo.

Planifica la carrera

La CAMOVI, Carrera de Montaña Montes de Viveiro, se ha ganado un lugar propio en el calendario del trail gallego por una razón sencilla: no parece una prueba más, sino una travesía sobre un paisaje que cambia a cada curva. Entre senderos, pistas forestales y tramos de asfalto, la carrera dibuja un viaje exigente por las alturas de Viveiro, con el mar siempre cerca y el valle del Landro abriéndose a los pies del corredor.

La edición de 2025 se celebra el 26 y 27 de abril y ofrece varias distancias que cubren perfiles muy distintos, desde quienes se estrenan en la montaña hasta quienes buscan un esfuerzo largo, técnico y continuo. La prueba reina, la C42K, ha pasado a ser una maratón de montaña de referencia por su dureza, su desnivel acumulado y el carácter circular de un recorrido que combina belleza y fondo físico en la misma ecuación.

Una carrera nacida del monte y del arraigo local

La historia de la CAMOVI empieza con una idea que explica muy bien su personalidad actual: recorrer los montes que rodean el Valle del Landro y convertir ese gesto, primero casi íntimo, en un evento deportivo de alcance autonómico y nacional. Lo que surgió como el reto de un grupo de amigos terminó cristalizando en una carrera pionera en la provincia de Lugo, en una época en la que el trail running todavía tenía un aire de tribu, más reducido y menos visible que ahora.

Ese origen sigue presente en el modo en que la prueba se presenta al corredor. La equidad, la ayuda mutua, la solidaridad y el respeto por el medio ambiente forman parte de su espíritu organizativo, un marco que va más allá de la competición y que ayuda a entender por qué la carrera ha conservado una identidad tan reconocible. No se trata solo de sumar kilómetros: también importa el modo en que se habita la montaña y se comparte el esfuerzo.

Con el paso de los años, la CAMOVI ha ido ampliando su alcance sin perder el vínculo con el territorio. La transformación de la antigua distancia de 40 kilómetros en una maratón de 42 kilómetros, la incorporación de un recorrido de 18 kilómetros y la consolidación de opciones más cortas han convertido la prueba en una puerta de entrada y, al mismo tiempo, en un reto para corredores con más ambición de desnivel y técnica.

Las distancias que definen la edición 2025

La edición de 2025 articula la participación en torno a varias modalidades: CRelevos, C42K, C21K, C18K y C10K. Esa variedad no es un simple reclamo comercial; responde a la estructura real de la carrera y permite que un mismo fin de semana convivan corredores de fondo, aficionados al trail corto y participantes que se acercan por primera vez a la montaña con un planteamiento más asequible.

La distancia larga, la C42K, es la más emblemática. Reúne la dureza de la maratón con el componente técnico del terreno gallego, donde las subidas se alternan con bajadas rápidas, sectores de pista y senderos que obligan a gestionar bien el esfuerzo. La propia organización la ha definido como 42 kilómetros de puro monte gallego, una frase que no exagera tanto por el paisaje como por el carácter del trazado.

La C21K y la C18K concentran otra parte del atractivo de la prueba, porque ofrecen un formato intermedio para quienes quieren experimentar el ambiente de la CAMOVI sin asumir el castigo completo de la maratón. La C10K, por su parte, abre la puerta a un trail corto y más rápido, aunque no por ello fácil: en montaña, diez kilómetros pueden bastar para dejar clara la personalidad del terreno. La modalidad de relevos añade un matiz colectivo poco habitual en este tipo de eventos y refuerza el carácter social de la jornada.

El recorrido: un paisaje que no concede tregua

El trazado de la CAMOVI se mueve en un equilibrio muy particular entre lo técnico y lo visual. En la información disponible sobre la prueba, la maratón presenta un recorrido con 2640 metros de desnivel positivo, una cifra que adelanta el tipo de esfuerzo que espera al corredor. En términos prácticos, eso significa que el terreno nunca deja de reclamar atención, ni en las rampas ni en las transiciones.

La composición del itinerario refuerza esa sensación de montaña real. Los datos de la carrera hablan de un recorrido en el que predominan senderos y pistas forestales, con una pequeña proporción de asfalto que actúa más como enlace que como protagonista. En la práctica, eso se traduce en una experiencia muy ligada al terreno natural, con apoyos variables, cambios de ritmo y una gestión constante de la zancada.

Hay un detalle que marca la diferencia frente a otras carreras de montaña más cerradas o más interiores: aquí el corredor casi nunca pierde del todo la referencia del mar. La ruta es circular y se desarrolla en un entorno desde el que se pueden contemplar el valle del Landro y la ría de Viveiro, lo que añade una dimensión casi cinematográfica al esfuerzo. La dureza física convive con un paisaje abierto, de horizontes amplios, como si cada subida tuviera premio visual además de deportivo.

Una prueba con peso en el calendario gallego y nacional

La CAMOVI no solo destaca por su identidad paisajística, sino también por el papel que ha ocupado en distintos circuitos competitivos. En diferentes ediciones ha formado parte de la Copa Galega de Carreiras de Montaña, y en 2016 fue seleccionada como segunda prueba de la Copa de España de Carreras de Montaña. Esa presencia en calendarios oficiales le dio una proyección notable y la situó en el radar de corredores de otras comunidades.

Su evolución también refleja la maduración del trail en el noroeste peninsular. Lo que empezó siendo una cita local acabó atrayendo a corredores de Galicia, Asturias y León, una geografía lógica para un evento montañoso, pero no por ello automática. La prueba fue creciendo a partir de una combinación poco frecuente: terreno atractivo, organización con memoria propia y un relato deportivo que no necesitó artificios para hacerse reconocible.

En los últimos años, además, la carrera ha mantenido una presencia sostenida en el ecosistema de las pruebas de montaña gracias a su continuidad y a la diversidad de recorridos. En un calendario cada vez más saturado, esa estabilidad vale tanto como una gran marca en el palmarés. La CAMOVI conserva una identidad que el corredor identifica rápido: no es una prueba neutra, sino una cita con un carácter muy marcado.

La C42K, una maratón que exige cabeza además de piernas

La distancia larga de la CAMOVI condensa mejor que ninguna otra el sentido de la prueba. Los 42 kilómetros de montaña no se parecen a una maratón urbana, donde el asfalto simplifica apoyos y ritmos. Aquí el corredor entra en una lógica distinta, gobernada por el desnivel, la economía de esfuerzos y la capacidad para leer el terreno sin quemarse demasiado pronto.

En la información de referencia aparece una altitud máxima de 540 metros, un dato que no impresiona por sí solo, pero que cobra relevancia cuando se suma al desnivel positivo y al perfil acumulado. En montaña, la altura no es el único factor decisivo; pesa también la continuidad de las subidas, el tipo de firme y la forma en que los cambios de pendiente castigan la musculatura.

La C42K exige, por tanto, algo más que fondo. Obliga a dosificar, a proteger las bajadas y a entender que cada kilómetro puede valer por dos en determinadas zonas. Es una carrera en la que la alimentación, el ritmo y la paciencia forman parte del mismo argumento. El corredor que la afronta no suele buscar solo una marca: busca completar una experiencia intensa, de esas que dejan la sensación de haber atravesado un territorio antes que una simple línea de meta.

Viveiro como escenario: mar, valle y monte en una misma imagen

El gran valor diferencial de la CAMOVI está en el lugar donde sucede. Viveiro, en la provincia de Lugo, aporta un contexto que mezcla monte gallego y costa cantábrica, dos elementos que rara vez aparecen tan cerca en una misma carrera. Esa proximidad al mar no es un adorno turístico, sino una parte activa del carácter del recorrido, porque condiciona la percepción del espacio y la experiencia del corredor.

Mientras otras pruebas de montaña se desarrollan en entornos cerrados o de alta cota, aquí el horizonte se abre con frecuencia. El corredor avanza por zonas desde las que puede mirar el valle del Landro, intuir la ría o leer las capas del paisaje como si estuviera subiendo por un anfiteatro natural. Esa mezcla de amplitud y esfuerzo explica por qué la prueba ha mantenido tanto tirón entre quienes valoran carreras con personalidad geográfica.

Además, el trazado circular refuerza la idea de viaje completo. No es una ida y vuelta simple, sino un recorrido que va revelando el territorio por segmentos, como si la montaña de Viveiro se ofreciera en piezas y el corredor tuviera que reconstruirla con cada subida. Esa estructura da a la carrera un ritmo narrativo muy propio, casi de pequeña expedición atlética.

Palmarés, nombres propios y memoria deportiva

La historia competitiva de la CAMOVI ha dejado vencedores de mucho peso en el trail español y europeo. En su palmarés figuran nombres como Manuel Merillas, Miguel Heras, Zaid Ait Malek u Oihana Kortazar, entre otros. Esa lista no solo funciona como un historial de ganadores; también sitúa la prueba dentro de un nivel competitivo serio, capaz de atraer a corredores con aspiraciones altas.

Hay una huella especialmente simbólica en el caso de Ramón Blanco, embajador de honor de la carrera, que en 2011 finalizó la prueba a los 78 años y volvió a hacerlo en 2018 con 85 años. Ese tipo de episodios explican mejor que cualquier eslogan el fondo humano de la CAMOVI: aquí el rendimiento importa, pero también la perseverancia, la continuidad y la capacidad de convertir el trail en una forma de compromiso personal con el tiempo.

El palmarés reciente muestra además cómo la prueba ha ido actualizando su nivel sin perder su esencia. La presencia de corredores y corredoras de primer orden ha reforzado la visibilidad del evento, pero la carrera no se ha vuelto inaccesible por ello. Conviven en ella la élite y el corredor popular, separados por ritmos y resultados, pero unidos por el mismo terreno y la misma meteorología, siempre cambiante en este tipo de montañas.

La experiencia del corredor: organización, guías y apoyo logístico

Más allá del recorrido, la CAMOVI ha ido construyendo una infraestructura informativa que ayuda a situar al participante antes de la salida. La guía del corredor, los recorridos detallados, los tracks, los perfiles, los avituallamientos y las referencias reglamentarias forman parte de un ecosistema que reduce incertidumbres y ordena el fin de semana de competición. En montaña, esa previsión no es un lujo; es una necesidad.

La información disponible apunta también a una organización preocupada por el acompañamiento técnico y sanitario, con presencia de médico deportivo, nutricionistas y fisioterapeutas en la parte divulgativa del proyecto. Aunque el evento no se limita a esos contenidos, ese gesto editorial tiene valor porque sitúa la carrera en una cultura deportiva más amplia, donde la prevención y la información importan tanto como el cronómetro.

El ambiente de la prueba se completa con servicios habituales en una carrera consolidada, como guardarropa, cronometraje con chip, duchas y entrega de comida a la llegada en distintas ediciones. Son elementos que no siempre aparecen en el foco de la crónica, pero que sostienen la experiencia real del corredor y explican por qué una carrera deja buena impresión o no. En la CAMOVI, esa logística ayuda a que la dureza del monte no se convierta en desorden.

La lectura deportiva de una prueba que no se agota en el dorsal

La CAMOVI mantiene un equilibrio poco común entre competición, paisaje e identidad local. Su valor no se entiende solo por la distancia o el desnivel, sino por el modo en que el evento ha sabido hacer del entorno una parte esencial del relato. En muchas carreras el territorio acompaña; aquí el territorio manda.

Por eso la prueba sigue funcionando como una referencia para corredores que buscan algo más que una cifra en el dorsal. La montaña de Viveiro ofrece una experiencia completa, con tramos duros, vistas amplias y una textura de terreno que obliga a correr con atención. La carrera premia el fondo, sí, pero también la lectura del entorno, la gestión de la fatiga y la capacidad de no perder el hilo cuando el paisaje parece abrirse demasiado.

En el calendario del trail, la CAMOVI ocupa ese lugar reservado a las pruebas con personalidad propia. No necesita exagerarse para resultar atractiva. Le basta con lo que ya tiene: un monte real, una historia reconocible y un recorrido que resume muy bien la esencia del trail gallego. En tiempos de carreras intercambiables, ese tipo de singularidad pesa más de lo que parece.

Una cita que mide al corredor y también al territorio

La edición de 2025 vuelve a poner a Viveiro en el mapa del trail con una propuesta que combina accesibilidad y exigencia. Quien elige la CAMOVI no solo escoge una distancia; elige una manera de entender la montaña, con sus cambios de ritmo, su dureza y su recompensa visual. Ese pacto entre esfuerzo y paisaje ha sostenido la carrera durante años y explica por qué sigue generando interés más allá de Galicia.

La prueba conserva, además, un rasgo poco frecuente: la sensación de pertenecer a un lugar concreto sin encerrarse en él. Sus montes, su valle y su ría actúan como un marco inconfundible, pero el evento dialoga con un corredor mucho más amplio, desde el debutante que mira la C10K hasta quien se reserva para la C42K. En esa amplitud está buena parte de su fuerza.

La CAMOVI, en definitiva, resume una forma muy gallega de entender el trail: terreno noble, paisaje poderoso y una historia construida a base de constancia. Queda la sensación de que la carrera no intenta impresionar con artificios, sino con lo que lleva décadas ofreciendo: montaña de verdad, en un rincón donde el mar nunca anda lejos.

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